sábado, 10 de abril de 2010

Contextos de Akira Kurosawa

“Contextos de Kurosawa”: una colaboración para el diario digital Factual.es, en el centenario del nacimiento del director japonés.

Quisiera añadir (a la nota en Factual.es) que dentro de la relativamente abundante cinematografía japonesa proyectada en Cuba entre las décadas de los sesenta y los ochenta (tema al que me he referido tangencialmente en “Seremos como Ichi” y en “Gorath / Latitud Cero”) Akira Kurosawa fue, sin duda, el director más conocido. Al menos, hasta que supimos de la existencia de Nagisa Oshima cuyo El imperio de los sentidos fue, acaso únicamente en virtud del “escándalo” que se le atribuía por sus escenas de sexo, la cinta japonesa más esperada dentro de la isla. (La vi a inicios de los noventa en una de las salas de cine de la Universidad Nacional Autónoma de México y desconozco si finalmente llegaría a ser exhibida en Cuba; recuerdo, de hecho, a algún dirigente del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos aseverando que no ponía la cinta para evitar los tumultos que seguramente ocurrirían por ver –probablemente señalando sin proponérselo lo que a él mismo le había interesado de la cinta- “un pedacito de rabo”). Si bien otros directores como Masaki Kobayashi o Kaneto Shindo habían comenzado a sernos familiares -en buena parte gracias a aquella magnífica -y hoy desaparecida- producción gráfica de carteles y vallas que anunciaban los estrenos por la ciudad-, ninguno, aunque la tenían, fueron asociados, como Kurosawa, con una producción constante. A Kobayashi lo recordábamos mayormente por su excepcional Harakiri (tal vez más que como el mismo director de la muy gustada Kaidan) así como a Kaneto Shindo por La isla desnuda.


Hoy dudo de si más de una cinta de aquellos otros directores (y aun de otros que ni siquiera llegamos a nombrar) fueron exhibidas y acaso olvidadas por no avenirse al género “samurái”, que era el imaginario cinematográfico y cultural al uso con el que se identificaba a Japón. O, sencillamente, por no estar sus directores precedidos de la fama que Occidente había prodigado a Kurosawa, a quien -en desconocimiento de toda la complejidad cinematográfica japonesa- convertimos en el director japonés por excelencia o, quizás, en el único identificable. Desconozco si en la actualidad, y luego del despliegue del cine del este Asia en Occidente desde la década de los noventa -donde, para el caso de Iberoamérica, España parece estar a la vanguardia, incluso en el conocimiento de esos “clásicos ignorados”- los cinéfilos cubanos dentro de la isla hayan sucumbido a la afición al anime o tengan entre sus favoritos a directores como Takeshi Kitano, Kiyoshi Kurosawa , Takashi Miike o Sabu.

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