sábado, 22 de diciembre de 2012

Chapucería cubana (2 y final)

(Sin relación con el tema de este blog)

A la respuesta transcripta en el post anterior hay que sumar las dadas a otras preguntas sobre apertura económica y política, oposición política y falta de libertades, mejoras en el país, y aprendizaje del gobierno cubano de los procesos políticos latinoamericanos. Respuestas que conducen al lazo de un discurso muy conocido y que puede resumirse de la siguiente manera: 

1) El ser cubano posee varias características esenciales: a) querer lograrlo todo a la mayor brevedad aunque sepa que no siempre es posible, b) estar tratando de buscar soluciones a los problemas; c) ser valientes y arrestados [sic] y d) decir lo que piensa dondequiera que esté.

2) En Cuba hay apertura económica, política, social en todos los aspectos, y el gobierno (“nosotros”) considera “la opinión de los cubanos patriotas, aquellos que realmente quieren lograr lo mejor para su país y hacer las cosas para bien” y no, por supuesto, la de aquellos “que se prestan al juego del enemigo” que están pagados por potencias extranjeras, sobre todo por los Estados Unidos, y que quieren “promover el deterioro del sistema político, y la situación social, de llamar la atención para buscar que otros países hostilicen sus relaciones con Cuba y justificar un motivo de agresión como sucedió en Libia”

3) El gobierno “consulta a toda la población para fijar las líneas estratégicas de la nación en los próximos años” y las mejoras las hace “a tenor con lo que quiere la inmensa mayoría del pueblo cubano, esa inmensa mayoría de que en cualquier proceso electoral vota por encima del noventa por ciento y participan más del noventa por ciento”; los logros y las proyecciones que traza el gobierno (“trazamos”) “están trazadas y consensuadas con el pueblo cubano en general” y con seguridad esas mejoras van a lograrse “como hemos demostrado en cincuenta años que cuando nos proponemos algo lo logramos”.

De lo que se concluye que el noventa por ciento de los cubanos ha dado su anuencia para, por ejemplo, carecer del derecho de salir de Cuba (o de entrar a Cuba) cuando les parezca; no tener libre acceso a la información y a Internet; o estar dirigidos por un partido único y un gobierno único (liderado por una familia única) por más de cincuenta años; una eternidad que algunos no dudarán en asumir como otro de los logros de la revolución (nunca como totalitarismo) dado que, tal como diría el comediante argentino Tato Bores, cuando los presidentes son elegidos democráticamente duran muy poco.

Sí las respuestas del entrevistado merecen la pena atenderse es, precisamente, porque resultan un magnífico ejemplo de respuestas enlatadas, un resumen de los estereotipos del discurso gubernamental cubano, pero, especialmente, de sus mecanismos (aquí muy visibles en sus costuras) de negación, digresión, manipulación y reversión de cuestionamientos, sin importar si la respuesta es creíble o no. (Al fin y al cabo, al igual que a las sectas religiosas, al gobierno le importan menos las críticas a su impostura -que apenas habrán de conocerse en la isla- que aumentar el número de adeptos como repetidores). Es, por supuesto, inútil preguntarse si los dirigentes del gobierno cubano se creen de verdad sus propias respuestas o sólo las usan como mecanismo de propaganda. 

El primer video a continuación es el de la entrevista. El segundo sólo un ejemplo reciente de lo que ocurre cuando el “ser cubano” (en Cuba) decide poner en práctica una de sus, según el entrevistado, características esenciales: decir lo que piensa dondequiera que esté, y cuando esto que piensa no le place al gobierno cubano. Hay, por cierto, otro buen ejemplo cotidiano que desmitifica esta fábula antropológica y política del entrevistado: todos aquellos emigrados de la isla que, a pesar de su divergencia política con el castrismo, o la revolución, se siguen “portando bien” con el gobierno cubano por temor a perder el permiso que ese gobierno les otorga para visitar Cuba; o lo que es lo mismo: para entrar a su país natal. 

Lo demás parece resumirse en la siguiente reflexión de Rafael Rojas: En estas últimas revoluciones comunistas [la rusa, la china, la cubana], la promulgación y aplicación de la nueva Constitución, que dotará de legitimidad a los nuevos actores políticos, debe apelar a formas centralizadas, plebiscitarias, carismáticas o limitadas de la representación política en las que lo legítimo queda circunscrito a lo estatal y se afirma frente a un conjunto de sujetos ilegítimos, englobados bajo rótulos como “contrarrevolución”, “enemigos del pueblo” o “traidores a la patria”.(*)





Rafael Rojas. “Legitimidad e historia en Cuba”. Rafael Rojas; Uva de Aragón; et. al. El otro paredón. Asesinatos de la reputación en Cuba,  Eriginal Books LLC,  Miami, 2012 (2da. Ed), pp. 33-47 (p. 34).

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