
En Japón, el día de los enamorados (o del amor y la amistad) en realidad son dos: el 14 de febrero, o Día de San Valentín, cuando las mujeres regalan chocolates a los hombres, y el 14 de marzo, o Día Blanco, cuando los hombres regalan chocolate blanco a las mujeres. En verdad, el alcance de los regalos va más allá del nombre del día, ya que no sólo se regala a enamorados, sino también a amigos cercanos (lo que se conocería en el primer caso como hommei choko 本命チョコ, o, metafóricamente traducido, chocolate de corazón, y en el segundo como tomochoko 友チョコ, o chocolate de amigo), así como a los superiores o colegas del trabajo (el llamado giri choko 義理チョコ, o chocolate de obligación).
El asentamiento de la costumbre es relativamente reciente (desde inicios de la década de los ochenta aproximadamente), pero no así el intento de los fabricantes de chocolates por aprovechar un nuevo mercado. Ya desde los años treinta, la compañía
Kobe Morozoff con el lema “Envíale un chocolate a tu Valentín”, y luego, en los sesenta, los
Chocolates Mary, la famosísima
Confitería Morinaga o las ventas especiales de tiendas por departamentos como
Isetan, promocionarían el chocolate como regalo por excelencia. Poco después, la inventiva comercial instauraría la respuesta de los valentines, primero con malvaviscos y luego con chocolate blanco. Sin embargo, la costumbre ha sufrido variaciones y desde hace ya tiempo el chocolate ha podido ser sustituido por otros obsequios, comestibles o no, y, por supuesto, en el caso de que se regale, no tiene que ser necesariamente blanco el Día Blanco. Al parecer va también por modas: cuando mis colegas japoneses me lo explicaron hace ya más de diez años, todos coincidieron en que el 14 de marzo lo que más iba era regalar galletas. Del mismo modo, en estos últimos años, las tiendas por departamentos han venido ofreciendo
un sinnúmero de utensilios para fabricar chocolates en casa, pues, aunque regalar un chocolate de marca prestigiosa (o en cualquiera de las inimaginables formas y variaciones que se ofrecen) sigue constituyendo una delicadeza, fabricarlos uno mismo es, por supuesto, más barato y, de algún modo, más “sentimental”, todo lo que también se ha convertido en una nueva (otra) variante de consumo asociado con la fecha.
Por lo que concierne a la fabricación casera, el tema de los regalos se inscribe en la noción de artesanía con la que se tratan de individualizar los obsequios (o los artículos de uso propio, como muchas de las confecciones que pueden verse en el barrio de moda de Harajuku); por lo demás, en el tradicional sistema de regalos japonés, que contempla dádivas de medio año (
ochuugen お中元)y de fin de año (
oseibo お歳暮)a familiares, amigos, colegas y superiores, y para los que las tiendas por departamentos y fabricantes promocionan sets de
jabones,
cervezas,
té,
dulces,
vinos,
sake,
carnes, o
aderezos y
aceites comestibles. En la mayoría de los casos no son productos especiales, sino los mismos productos habituales presentados como regalos para la ocasión; de ahí que quizás nos resulte extraño ver, por ejemplo, el
café instantáneo como objeto de obsequio. En funerales o bodas, por el contrario, se entrega dinero, cortesía que debe ser devuelta por la familia con un regalo, generalmente equivalente en precio al monto recibido. El gasto en semejantes compromisos es realmente inimaginable. Todo ello, eso sí, deliciosamente empacado -para el dinero hay sobres especiales,
shuugi bukuro 祝儀袋para bodas y
bu shuugi bukuro 不祝儀袋 para funerales-, lo que nos remite también al tema del diseño de envoltorios, uno de los particulares más apreciados dentro de la investigación de la cultura material y visual en Japón.
Ilustra este post una imagen de chocolates de la compañía Kobe Frantz