domingo, 17 de junio de 2012

Garbanzos y República: disoluciones y dispersiones

(Sin relación con el tema de este blog)

El pasado 8 de junio se celebró en la New York University el coloquio Cuba por fuera. El presente texto es una corrección mínima, con vistas a su lectura, de los apuntes utilizados para mi ponencia. No reproduce, por tanto, todo lo expuesto, o comentado, durante la misma. El texto completo aparece en el blog Cuba por fuera, sitio que recomiendo, y donde se irán publicando las ponencias, los videos, así como diversos temas relacionados con el coloquio.


Garbanzos y República: disoluciones y dispersiones

 Hay una viñeta de Eliseo Diego, titulada “De Esperanza Venablos”, que describe el curioso e inalcanzable sueño de una apagada viejecita. Recogida en sus Divertimentos, de 1946, la viñeta dice:
Esperanza Venablos, esta viejecita carcomida, cerrados los ojos, las manos secas en la falda, no sueña con las palomas, ni con gasas tenues, ni con el rubor pálido de una “puesta” que vio de muchacha. Sueña –pero no vayamos a reírnos- con un plato de humeantes garbanzos. Y sacudiendo la débil cabeza, los nombra una vez y otra: “¡Qué garbanzos, Dios mío, qué garbanzos!”
Porque sucede que Esperanza Venablos no comerá ya nunca garbanzos. Hace quince años que no los prueba, y en todo lo que resta de la eternidad, no los volverá a gustar nunca.
De modo que los humeantes garbanzos son el más hermoso sueño, el más puro. Son, en efecto -¡Dios nos valga!- un puro sueño.
Cuando leí Divertimentos, probablemente hacia inicios de los años ochenta, di en equiparar el sueño de Esperanza Venablos con las rememoraciones de mi familia sobre las infinitas y baratas maravillas gastronómicas que, antes de 1959,  había en “la plaza” (como llamaban en la casa al Mercado Único), en las fondas, en las bodegas, en los “puestos”, en las dulcerías, en aquellos negocios urbanos que llamaban “vidrieras” o en los carros, tarimas y cajones de los vendedores ambulantes. Cuando les escuchaba discurrir sobre ello, especialmente sobre los helados de frutas de los chinos -que consideraban inigualables- o sobre la frutas mismas -cuyo rango de ausencia en el mercado revolucionario, a juzgar por aquellas enumeradas en la Silva Cubana de Manuel Justo de Rubalcaba a finales del siglo XVIII (guayaba, marañón, guanábana, caimito, papaya, aguacate, jagua, mamey, mamoncillo, tamarindo), era bastante generoso- venía a mi cabeza Esperanza Venablos y sus imposibles garbanzos humeantes. La ausencia de esos garbanzos, de esas viandas, de esos helados o de esas frutas eran también, en un sentido amplio, la disolución forzada de una cultura material; disolución sostenida no por la cotidiana obsolescencia de objetos (o funciones) paulatinamente reemplazados por otros de mejor calidad o funcionamiento, sino por la desaparición de los primeros y la imposibilidad de los segundos. Las rememoraciones de mis mayores no remitían, por tanto, a la nostalgia de un ámbito infantil o juvenil, sino a carencias sobrevenidas en plena adultez, probablemente en un lapso no mayor de diez años. Carencias disimuladas, a veces, por la dispersión de los productos o la marginalidad con que la se comercializaban En su Informe contra mí mismo Eliseo Alberto Diego enumera:
No había mucho, pero si buscabas por aquí o por allá, había. Algo había. Algo. Había caramelos en el zoológico de 26. Galletas con queso crema en el Parque Almendares. Coctel de ostiones en San lázaro e Infanta. Panetelas borrachas en el Ten Cent. Yoghourt de sabores en la cafetería de la Universidad de La Habana. Refrescos de naranja en el Coliseo de la Ciudad Deportiva. Quesos azules en la calle Muralla. Chiviricos en  La Pelota. Pizzas en la Piragua. Esponrús en la Ward de Santa Catalina. Chocolates (peters, decíamos) en el Parque Lenin. Croquetas al plato en la cafetería de 23 y F. Caldo de pollo en El Castillo de Jagua. Masarreales en la Escuela de Letras. Pan con tortilla en los merenderos de Santa María del Mar. Algodón de azúcar en la carpa del Circo Nacional. Discos Voladores en el SODAINIT de 21 y 12. Brazos gitanos en la dulcería de Los Andes. Dobos en Silvain….
Porque la desaparición no es únicamente la de “antes”, sino también la de “ahora”; la agravada por el imperativo de la adquisición inmediata, por el reconocimiento tácito de que lo que “sacaban” hoy podía agotarse en cuestión de minutos, en un particular local de dispendio o en todos a la vez. “Sacaban” o “llegaba” o “venía”, verbos que connotan no sólo escasez o ineficiencia, sino también la temporalidad y direccionalidad imprevisibles determinadas por la autoridad.  (En este sentido, la cola es tal vez el mayor aporte revolucionario a la imagen del espacio urbano; amén del resto del campo socialista). La duración en el mercado de un producto -o de cualquiera de sus sucedáneos revolucionarios, como los zapatos plásticos, el ineficaz barberito para cortarse el cabello o los romos cubiertos de “campismo” con sus fundas de plástico a modo de peces- se convierte en aleatoria e impredecible, además de desequilibrante -reflejo de los propios desatinos y caprichos económicos gubernamentales- para cualquier tipo de planificación, familiar o personal, de futuro. Así, a la nostalgia de ese antes mediato (ya asentado como irrecuperable) se suma la nostalgia de un antes inmediato donde se evoca, no ya lo existente antes de 1959, sino lo que había el año pasado o el mes pasado y que deviene igualmente irrecuperable (la libra de azúcar para Chile; el desmantelamiento de las pilotos, o su reinterpretación en forma de pipas de cerveza, no menos imprevisibles en su ambulantaje; o la aparición y desaparición del “mercado libre campesino” o de los artesanos de la catedral).  

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