lunes, 14 de noviembre de 2011

Netsuke




















Me cuenta Néstor Díaz de Villegas que en un museo de Los Ángeles se exhibe un netsuke diseñado a modo de estuche. Cerrado, la talla en su tapa superior muestra la espalda de un probable dios que, desde un mundo de nubes, parecer observar la tierra; abierto, el interior de la tapa contraria descubre las piernas levantadas de una mujer abriendo su sexo hacia el dios. En su último libro, Cuna del pintor desconocido (que habrá de presentarse mañana martes 15 de noviembre en la Feria del Libro de Miami), Néstor incluye un emotivo poema titulado “Netsuke” que reproduzco abajo. Aunque no detalla el netsuke mencionado, bien pudieron ser sus laboriosos detalles o su sorpresiva dualidad los que le hicieran evocar, más allá del espíritu de un arte deseado, el dramatismo entre voz y silencio, fe y certeza, proximidad y lejanía, rememorados desde un exilio para el que aún no existe después. Como ese imprevisto cambio de universos, de abolición de paisajes intermedios que nos revela repentinamente el tan puntual deleite carnal del dios, el netsuke es aquí iluminación, pero también, como ha de serlo por su propio cometido, contrapeso a ese tumultuoso mundo que cuelga inevitable del otro lado de cordoncillo. 


 Netsuke

En un cuarto vacío
donde todo brille
que el asombro se quede mudo.

¿Cuándo nos despedimos?
¿Cuándo decidimos dejar de decir nada
y mirarnos a las caras?
Enfermos por amor al arte.

Los dueños de las galerías.
El tiempo libre.
La libreta.
La cárcel.
El carro del año.

Hablamos
de nimiedades. Perseguimos
algo que se nos escapaba
sin decir nada
y eso era el arte.

Rodeados de cuadros
de acuarelas
de acueductos.

Los lienzos mortuorios
son mortajas estiradas:
papiros que soportan la carroña.

Sonar como una campana
y romperle los tímpanos
a todo un pueblo
es el deseo secreto
de los que no dicen nada.

Nuestro exilio transcurrió
en cocinas extrañas
calentando una sopa de letras.

Comidos de deudas
pagamos seguros, y seguramente
dejamos algo sin pagar.

Casa, hijos, familia
vienen después del arte:
ellos son los culpables
de que el mundo sea como es
y no como lo pintamos.

Efectivamente, no hay tiempo
para desanimarse y
sin trabajo no podremos pagar
las deudas contraídas.

De pie no hay momento
para llorar
no hay arte que valga.

Deambular, andar sin propósito
no hacer nada, conversar,
perder el tiempo:

la absoluta convicción
de repetirnos
nos obliga a jugar.

Lo que ocurre dos veces
cae por su propio peso.

Bienaventurados los que actúan
con absoluta certeza:
fe es duda.

 De que hay otro mundo
¿qué duda cabe?

Fe es la certeza de lo que existe
sólo en la imaginación.

Tumultuosas avenidas
 del punto A al punto B
acortan las distancias
recortan las alas.

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